El Ozono devolvió a Maria las ganas de vivir.

"La Ozonoterapia para mi, es volver a vivir"

Para María Cazorla su vida era el deporte, algo que solo entiende una persona realmente deportista.  Todos los días salía a correr, bicicleta, participaba en Triatlones...  Días antes de una VigBay, sufrió una tendinitis en la pata de Ganso que la alejó completamente de su pasión, de su vida, durante más de un año.  La Ozonoterapia de devolvió la ilusión.

Abrió y escribió para sus allegados un blog, en el que explicaba el calvario que supuso todo este proceso y como, después de intentar numerosos tratamientos sin éxito, empezó su tratamiento con Ozono.

Compartimos con vosotros su testimonio, contado por ella misma.

Muchas gracias Maria!

La terapia comenzó un lunes (no recuerdo el día concreto, hace ya unos meses).  Eran las 9,30 horas de la mañana. Tras intercambiar con el doctor un lacónico “buenos días” (yo, que disfruto conversando con todo aquel que conmigo quiera compartir cualquier tema, desde las genéricas frases hechas -que no obligan a nada- hasta una charla en la que, sin premeditación, se intercambian pensamientos que no tenías en mente verbalizar o compartir pero que, tal vez, por el desconocimiento absoluto sobre tu interlocutor, el que éste ignore de quién hablas, de quién te quejas o por quién sufres, le imprimen carácter de confesión que no exige penitencia, desprovista de toda deuda. Su saldo se consume una vez que los sueltas, haciéndole partícipe de dichos pensamientos a quien en nada le va a afectar, más allá del instante de la confidencia en sí), decía, me tumbé, autómata, en la camilla que preside la consulta, sin haber recibido instrucción o requerimiento alguno por su parte -no hacía falta, sabía cuáles eran mis obligaciones, a dónde debían dirigirse mis pasos- y, cerrando los ojos, sin casi ni tiempo a respirar, esperé solo a que la sesión (más bien se asemeja a una función de teatro, ópera o ballet, en la que cada personaje tiene perfectamente delimitado su cometido y en la que nada debe fallar para que el abrasador calor del aplauso golpee tu rostro) diese comienzo.

Entonces él se giró hacia mí, lenta e inexorablemente, habiendo previamente dispuesto, con medidos y estudiados movimientos -piezas de una sinfonía perfecta-, los engranajes de la máquina que nos acompaña desde ese instante -a él, en su quehacer rutinario y a mí, en mi noche entera- preciso artilugio -alemán, según me informó- que, ajeno a cualquier emoción o pálpito, se limita a pronunciar sonidos, inquietantemente rítmicos, de otro tiempo -quizás de uno que aún está por llegar- hasta que comienza a expulsar la sustancia que lo inunda, a la que cobija, para convertirse en el líquido que, instantes después, cambiará de dueño, de cuerpo y de alma; y es en ese momento, cuando el líquido que de la aguja brota empieza a deslizarse dentro de mí, recorriéndome, cubriéndome (la aguja no clava ni hiende, ni siquiera hinca su filo. La aguja en mi cuerpo tan solo roza mi piel erizada que la espera, silente), es entonces cuando su olor, metálico y agrio, empieza a acariciarme, para quedarse. Y su dolor, inevitable compañero que me abraza desde ese primer día, es dulce.

Desde las primeras sesiones, tal vez desde la segunda, comencé a notar mejoría: una pequeña pero para mí, en el estado en que me encontraba, enorme mejoría; y mi vida, como siempre adueñada de sensaciones extremas, sin matices ni grises, comenzó a parecer eso, vida. No voy todos los lunes. Sobre todo al principio. "Es necesario dejar que la pierna descanse", me decía. Ahora, después de unas cuantas sesiones, estoy yendo ya cada quince días, y ya he comenzado a pedalear. Hace más de un mes y medio, aproximadamente. Primero, en el gimnasio, en bicicleta estática, de spinning o similar; ahora, un paso más. Mi marido me ha regalado un rodillo. No lo sabe, pero es el mejor regalo que me han hecho nunca. Las primeras sesiones, despacio; ahora, después de seis semanas, pedaleo a muy buen ritmo. Y continúo con la rutina que me ha marcado mi fisioterapeuta, del que después hablaré. Divina rutina: tres días por semana, cincuenta minutos. Hemos empezado por el piñón más grande y el plato más pequeño y, cada semana, después de mantener cadencia, ritmo y potencia, bajamos un piñón; y así, de nuevo, una semana más; y la siguiente, si todo ha marchado bien, otro piñón, más cadencia, más ritmo; y de nuevo, una semana más, y así hasta la próxima...

Ahora, cuando entro en la consulta, después de haber contestado a sus preguntas respecto a "cómo ha ido la semana", "cómo han ido esas pequeñas proezas deportivas de la semana" y cuestiones de ese tipo, sé lo afortunada que soy: por haber conocido la terapia, porque esté funcionando y porque sea él quien me esté tratando.

Y mejoro. Poco a poco. Siento que va. Hace tres meses que no me duele al caminar. He decidido creerte, doctor. Tus ojos me inspiran confianza. Sé que lo importante es creer, nunca dejar de hacerlo. Y también sé que habrá -los hay ya, ahora, hace unos días-, momentos en los que volverán las molestias (tal vez no las mismas, serán otras, pero mi piel, afilada, vive alerta a cualquier estrago que mi cuerpo -mi rodilla- sienta, perciba o atisbe; alerta a cualquier sensación que no haya experimentado previamente. Y entonces el miedo-el que nunca se fue, ni siquiera atrasó su paso, su grotesca zancada-, instalado en mi rostro, regresará, reclamando su terreno perdido); volverán las molestias, sobre todo, cuando comience a probar mi pierna, a forzar -como de hecho ya sucede- y sé (la razón y la ciencia lo saben, pero de ellas he renegado, no existen en mí, no por ahora, aunque sé que tienen que regresar y quedarse) que no tengo de qué preocuparme, que esas sensaciones físicas forman parte de la recuperación; pero nada es fácil cuando en mi mente, un espacio, estridente y profundo, espeso y oscuro, se ha adueñado de ella, conquistando territorios antaño habitados por caricias, por sonrisas; por una luz que lo inundaba todo y por el ánimo y el poder del que siempre ha vencido. Necesito tiempo para arrebatarle al desánimo el terreno que ha conquistado. Mucho tiempo y tesón. Y seguir creyendo.

La lesión ha transformado mi mirada. Ha sido capaz de invadirme, modificando mi percepción de los otros, de los que quiero, de los que quieren quererme y no pueden, al chocar con la barrera insondable en que me he convertido. Nunca negaré lo evidente: he sido yo quien lo ha consentido, acolchando la tierra en la que viene habitando desde todo este tiempo (casi eterno, o al menos, así lo percibo), acogiendo sus garras y asiéndome a ellas, para luego soltarme al vacío, despiadada y canalla, ausente de cicatrices, nada que sellar, nada que borrar. Todo está en tu interior.

Sí. Ha transformado mi percepción. La manera en que veo, palpo, toco, huelo, siento. Los colores que siempre fui capaz de distinguir han sido apagados, difuminados, reducidos a insignificantes vestigios de un arco iris que hoy -más bien ayer-, es gris, es negro y, desde que he comenzado la terapia con ozono, también es blanco, de un blanco que envuelve.

Los sonidos que siempre me han acariciado, la música que desde siempre, desde que era niña,  ha engalanado mis libros; el ballet, ya olvidado; el estudio, todavía presente; el deporte, el deporte... Las noches en vela y el amanecer de sábanas deshechas, perfectamente anudadas bajo tu cuerpo y el mío, hoy desafinan. Son notas ¿discordantes, se dice? No es música, no tiene sentido; son gritos, alaridos deformes, que aúllan mirándome. Su angustiosa sinfonía es solo para mí. Yo soy su única oyente. La única espectadora de su macabra puesta en escena. Porque para el resto, para los demás, ha seguido sonando la canción deseada.

Pero quizás, lo peor de todo no ha sido la distorsión de los colores, ni siquiera la mutación de los sonidos; lo peor de todo ha sido que, al vivir cada segundo, cada instante, solo por y para la lesión, me he quedado sin tacto. He llegado a no sentir sus caricias. Ni las mías en su piel. No quema ni abrasa. Es hielo. Y cuando busco aferrarme a sus ojos, intentando tocar sus lágrimas, mis manos son piel que es inerte. Es hierro y acero. Me asusto al abrir los ojos y encontrar en los suyos que, para él, sus lágrimas siguen siendo saladas. En el fondo de su mirada descubro que él no va a dejar de intentar que yo vuelva a ver, a oler, a tocar, a sentir como antes. Es mucho lo que pierdo si no lo intento. Tanto, que no me quedará nada. Seré nada.